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martes, 5 de abril de 2016

La Cruz catolica: Historia de la imagen liturgica

martes, abril 05, 2016

La Cruz es un signo, un símbolo del mundo cristiano: dos troncos de madera, de metal o de marfil, que se anudan a la altura de los brazos del crucificado: la silueta del sacrificio divino.

La Cruz está presente en todo momento: en el bautismo, presidiendo el altar y acompañando a todos los sacramentos. Es invocado a la hora de la muerte y sobrevive a los restos de los que son enterrados.

A la Cruz, a la verdadera (la reliquia de la Pasión) y a todas las réplicas que perpetúan el recuerdo, esta enlazado un culto universal justificado por el sacrificio del Salvador, al cual está íntimamente ligado.

La muerte en la cruz fue libremente escogida por Jesús con preferencia a ninguna otra. La Cruz es, pues, por excelencia el instrumento de la Redención, puesto que por la sangre que Él vertió en la Cruz, Cristo ha pacificado lo que está en la tierra y lo que está en los cielos.

La Cruz es un instrumento y es un arma, el arma que ha servido para vencer al demonio, pues ella ha triunfado sobre las potestades malvadas que se oponían a nuestra salvación.

La imagen de Jesús crucificado ha sido siempre considerada como una invitación a la plegaria. Llevar la Cruz es hacer penitencia, y la vida del cristiano es una continua penitencia. Dicha penitencia tiene como objeto no solamente defender simbólicamente la Cruz, sino también permanecer ligados contra toda violencia al fin que ella representa, por el cual millares de mártires han muerto.

En la Iglesia primitiva la imagen de la Cruz reproducida por todo los muros de las catacumbas tenía el valor de una contraseña, y así, para los primeros cristianos, el monograma de la Cruz era el salvoconducto, la señal que autentica a los mensajes personales.

Al emperador Constantino, a quien se le apareció en el cielo la Cruz con la inscripción "Con este signo vencerás", se le debe el haber asociado la imagen del crucifijo a ciertos actos de la vida oficial. Desde entonces, el culto de la Cruz forma parte de la enseñanza de la Iglesia.

El Concilio de Trento consideró que hacía falta conservar en las iglesia las imágenes de Cristo, y, como consecuencia, los crucifijos y la Cruz, siendo necesario rendir los honores legítimos y una veneración religiosa. Así la Iglesia introdujo en su ritual ordinario la fórmula de la bendición de las cruces y crucifijos.

La imagen litúrgica de la Cruz fue después llevada no solamente al interior de las iglesias sino a todos los sitios en donde se debe recordar el sacrificio del Salvador.

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