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lunes, 13 de junio de 2016

Pena de daño y pena de sentido: Diferencias en el catolicismo

lunes, junio 13, 2016

Hoja 2.jpgLa palabra daño significa en el lenguaje teológico la pena esencial y principal debida al pecado.

La pena de daño se diferencia de la pena de sentido de tres maneras diferentes: según se considere a Dios que la inflige o al pecador que la sufre, o el castigo como pena por el daño hecho.

En los textos de la Sagrada Escritura, la pena de daño se presenta como incomparablemente la más terrible y se habla de ella muchas veces. Comparado con ella, el tormento del fuego no es casi nada.

Los condenados sufren como una especie de desgarramiento del alma, atraída en varios sentidos a la vez. Esto es como un descuartizamiento espiritual, tormento más espantoso que los que sentirían si su cuerpo fuera desollado vivo o cortado a pedazos. Además, los textos no dejan la menor duda en cuanto a la duración del castigo de los condenados: no tendrá fin.

Considerada en sí misma, la pena de daño es la misma para todos los condenados, pero considerada en la aflicción que da a los condenados, difiere según el grado de culpabilidad de cada uno de ellos.

En su sentido estricto, el pecador no puede incurrir en la pena de daño porque se haya apartado de Dios provisionalmente. Las almas santas del purgatorio no han sentido aversión hacia Dios, pero si por daños se entiende simplemente el retraso aportado a la visión beatífica y a la posesión de Dios, las almas del purgatorio están ciertamente sometidas a él.

Por último, sólo queda por ver la pena de los condenados en el limbo. Las almas de los justos, en el Antiguo Testamento, fueron retenidas en el limbo hasta el cumplimiento de la Redención. Mientras tuvieran pecados veniales para expiar, estuvieron sometidas a la pena de una condena relativa.

Los adultos paganos muertos sin otro pecado grave que el pecado original no están sometidos a la pena de daño.

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