El arrianismo: El desafío doctrinal que definió el Credo católico
Actualizado el 1 de Enero del 2026
La palabra arrianismo deriva de su principal promotor, Arrio, quien nació en Libia en la segunda mitad del siglo III.
Esta corriente engloba un conjunto de doctrinas que sostenían una premisa radicalmente contraria a la fe apostólica: afirmaba que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios mismo. Al negar la naturaleza divina del Verbo, el arrianismo se convirtió en la mayor amenaza para la unidad de la Iglesia en sus primeros siglos, forzando a los Padres de la Iglesia a definir con precisión dogmática la identidad de Cristo.
Arrio: De la ordenación a la propagación del error
La trayectoria de Arrio comenzó en la influyente ciudad de Alejandría. En el año 308 fue ordenado diácono por el obispo Pedro, quien poco tiempo después decidió excomulgarlo debido a sus posturas. Tras el martirio del obispo Pedro, Arrio logró reconciliarse con su sucesor, Aquilas, recibiendo la ordenación sacerdotal.
Dada su elocuencia y capacidad intelectual, fue enviado a regir una importante parroquia y a explicar las Sagradas Escrituras. Sin embargo, fue en este ejercicio de enseñanza donde comenzó a propagar los errores que darían nombre a su doctrina:
- La negación de la eternidad: Arrio sostenía que, si el Padre había engendrado al Hijo, la existencia del Hijo debía tener un principio cronológico.
- Inexistencia previa: Deducía que, al tener un principio, hubo un tiempo en el que el Hijo de Dios no existía.
- Subordinación total: Concluía que el Hijo no era igual al Padre en naturaleza ni en propiedades divinas.
La reacción de la Iglesia y la condena del error
La rapidez con la que estas ideas se difundieron alarmó a la jerarquía eclesiástica. En el año 320, el obispo de Alejandría convocó un sínodo que reunió a más de cien obispos de Egipto y Libia. En esta asamblea se decidió excomulgar a Arrio y a sus partidarios, quienes ya formaban un grupo numeroso e influyente.
El Concilio de Nicea y el Símbolo de la Fe
Para resolver definitivamente la crisis que amenazaba con fracturar el Imperio y la Iglesia, se convocó el primer Concilio Ecuménico de la historia. El 20 de mayo del año 325, trescientos dieciocho obispos se reunieron en la ciudad de Nicea. Los frutos de esta asamblea fueron determinantes para la cristiandad:
- Redacción del Símbolo de Nicea: Se redactó un texto dogmático que sirvió de base al Credo que se recita actualmente en la Santa Misa, afirmando que el Hijo es "de la misma naturaleza que el Padre" (consubstancial).
- Destierro de Arrio: Se decretó el exilio del heresiarca para evitar que continuara perturbando la paz de la Iglesia.
- Destrucción de sus escritos: Sus libros fueron quemados y proscritos. Entre ellos destacaba su obra principal, Thalía, un trabajo que en la actualidad ha desaparecido casi por completo.
Consecuencias históricas del conflicto arriano
A pesar de la condena oficial en Nicea, el arrianismo persistió durante siglos, especialmente entre los pueblos germánicos, debido a la influencia de misioneros seguidores de Arrio. Sin embargo, esta crisis permitió que la Iglesia profundizara en el misterio de la Santísima Trinidad y estableciera los cimientos de la cristología ortodoxa.
La victoria de la fe nicena reafirmó que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, eterno y sin principio, desterrando la idea de que la salvación pudiese venir de una criatura, por más excelsa que esta fuera.
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