El Cisma de Oriente: La fractura que dividió a la Cristiandad
Actualizado el 1 de Enero del 2026
La antigua Iglesia de Oriente ha sido escenario, a partir del siglo V, de tres grandes fracturas que han perdurado hasta nuestros días, manteniendo un número considerable de seguidores en diversas regiones del mundo.
Inicialmente, surgió el cisma nestoriano; posteriormente, el monofisita, que se originó tras el Concilio de Calcedonia y dio paso a la formación de tres grupos eclesiásticos distintos: la Iglesia Armenia, la Siriaco-Jacobita y la Copta Monofisita, con su filial en Etiopía. No obstante, entre estos procesos destaca el Cisma Bizantino propiamente dicho, conocido universalmente como el Cisma Griego u Oriental, que consumó la separación entre Roma y Constantinopla.
Factores determinantes en la ruptura del siglo XI
La separación definitiva no fue un evento aislado, sino la culminación de un proceso impulsado por tres factores directos que erosionaron la unidad eclesial durante siglos:
- Sustitución de la autoridad: El progresivo desplazamiento de la primacía del Papa por la autoridad del Estado en los asuntos religiosos.
- Ambición de los Patriarcas: La pretensión de los patriarcas de Constantinopla de erigir a Bizancio como la "Nueva Roma", reclamando una autoridad equivalente a la de la Sede Apostólica.
- Rivalidades sociopolíticas: Las profundas antipatías raciales, el orgullo nacionalista y las constantes disputas políticas entre Oriente y Occidente.
Causas indirectas del distanciamiento
A estos elementos se sumaron condicionantes históricos que dificultaron el entendimiento mutuo. En tiempos de Justiniano, la organización de la Iglesia se estructuró siguiendo el modelo civil del Imperio Romano, lo que llevó a la creación de los cinco grandes patriarcados. Además, la diversidad lingüística y la evolución autónoma de las iglesias griega y latina en aspectos teológicos, litúrgicos y canónicos -iniciada ya en el siglo IV- crearon un abismo cultural insalvable.
Hitos del conflicto: De Focio a Miguel Cerulario
Aunque a mediados del siglo IX la unidad todavía era una realidad técnica, los incidentes comenzaron a precipitarse. En el año 863, el cisma de Focio, a pesar de su breve duración de cuatro años, dejó una huella profunda y generó una repercusión extraordinaria en la mentalidad oriental.
Lo inevitable llegaría en el siglo XI. Bajo el patriarcado de Miguel Cerulario, las tensiones alcanzaron su punto máximo y, en el año 1054, se consumó formalmente la separación de las dos Iglesias. A partir de este momento, la Iglesia Bizantina comenzó un proceso de escisión interna que derivó en la formación de numerosas iglesias nacionales autónomas.
La fragmentación de la Iglesia Ortodoxa
Tras la ruptura con Roma, la estructura de la Iglesia en Oriente se caracterizó por su carácter nacional y autocéfalo, dividiéndose en múltiples jurisdicciones que hoy conforman el mosaico de la ortodoxia:
- Patriarcados Históricos: Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén.
- Iglesias Nacionales Principales: La Iglesia Rusa, la Griega, la Rumana y el Patriarcado Serbio.
- Otras jurisdicciones autónomas: Las iglesias de Chipre, Polonia, Georgia, Albania, Lituania, Finlandia, Estonia y Checoslovaquia, entre otras.
Este panorama de fragmentación refleja la complejidad de una historia marcada por el entrelazamiento de la fe con la identidad nacional y política de los pueblos de Oriente, una realidad que continúa planteando desafíos para la búsqueda de la unidad que Cristo pidió para su Iglesia.
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