El Demonio: Del Ángel Caído a la Victoria de Cristo
Actualizado el 1 de Enero del 2026
En el Antiguo Testamento, el diablo aparece desde el principio como un ángel caído; un espíritu malo que, tomando la forma de una serpiente, tienta a nuestros primeros padres. Su modo de obrar revela que es un ser superior, espiritual e invisible, que incita al mal. La sentencia de Dios en el Edén no se dirige tanto al animal, sino a la fuerza espiritual que lo anima.
La evolución del nombre y su naturaleza
La revelación sobre este ser sobrehumano fue progresiva a lo largo de la historia de la salvación:
- Satanás: En el Libro de Job aparece por primera vez este nombre, que en hebreo significa "adversario". Se le presenta como un ser sometido al poder del Señor.
- Asmodeo: Tras la cautividad de Babilonia, en la historia de Tobías, aparece como un espíritu malhechor que causa la muerte, pero cuyos maleficios son frustrados por el consejo del arcángel San Rafael.
- El Enemigo: En los libros posteriores y apócrifos, la demonología toma un incremento considerable, preparando el escenario para los tiempos mesiánicos.
El demonio en el Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento, las referencias son constantes. Al inicio de su vida pública, Jesucristo es tentado en el desierto, donde resiste y prueba que los demonios no tienen un imperio absoluto sobre el hombre, influyendo solo en quienes ceden voluntariamente.
Jesús no solo luchó contra él, sino que enseñó su naturaleza maligna a través de parábolas: Satanás es el enemigo que siembra la cizaña durante la noche. Finalmente, al elegir a los Apóstoles, Cristo les otorgó el poder específico de expulsar a los demonios, extendiendo Su victoria sobre el mal a toda la Iglesia.
Doctrina de los Padres de la Iglesia y el castigo
Grandes figuras como San Agustín, Santo Tomás de Aquino y San Basilio coinciden en que el motivo de la caída de Satanás fue su orgullo. Como jefe de los ángeles sublevados, él y sus seguidores perdieron la bienaventuranza eterna, pero no sus cualidades naturales:
- Inteligencia: Aunque oscurecida por la pérdida de la gracia, conservan sus luces naturales como seres espirituales.
- Condena: Como castigo por su rebelión, fueron condenados a la pena de daño (la ausencia de Dios) y a la pena de fuego.
En el libro del Apocalipsis, se describe la batalla final donde el gran dragón es combatido por el arcángel San Miguel y los ángeles buenos. La autoridad de la Iglesia nos impone creer en la existencia de estos ángeles que, creados buenos por Dios, pecaron por su propia voluntad y fueron precipitados al infierno.
La victoria definitiva es de Cristo
Es fundamental recordar que, aunque el demonio intenta sembrar confusión y maldad, su poder es limitado y ya ha sido vencido en la Cruz. El cristiano no debe vivir con miedo, sino con vigilancia espiritual. A través de la oración, los sacramentos y la humildad -la virtud que el diablo más odia-, el fiel participa de la victoria de Cristo. El mal podrá mezclarse con el bien hasta el fin de los tiempos, pero la promesa del Señor es clara: las puertas del infierno no prevalecerán contra Su Iglesia.
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