Sacramento del Orden Sagrado: Vocación al Servicio del Pueblo de Dios
Actualizado el 1 de Enero del 2026
Jesucristo instituyó el sacramento del Orden Sagrado con el fin de consagrar y organizar a los ministros que guiarían Su Iglesia: obispos, sacerdotes y diáconos. A través de este sacramento, los elegidos son configurados con Cristo Cabeza, recibiendo el encargo de santificar, enseñar y gobernar a la comunidad de los fieles.
La celebración de este sacramento se realiza de forma solemne mediante la imposición de manos y las oraciones del obispo (o el Santo Padre), acompañadas en sus grados superiores por la unción y la bendición. Al recibirlo, el ministro queda distinguido por un carácter espiritual indeleble y recibe las gracias necesarias para ejercer sus oficios con dignidad y santidad, aumentando además su propia amistad con Dios.
Los tres grados del Orden Sagrado
La Iglesia Católica reconoce tres grados distintos en la participación del ministerio apostólico, cada uno con funciones y poderes específicos:
- Obispo (Episcopado): Posee la plenitud de los poderes sagrados. Como sucesor directo de los Apóstoles, es el pastor de una Iglesia particular (Diócesis) y tiene la facultad de administrar todos los sacramentos, incluyendo la Confirmación y el propio Orden Sagrado.
- Sacerdote (Presbiterado): Actúa en dependencia y comunión con el obispo. Su misión principal es celebrar la Eucaristía, perdonar los pecados en la Confesión y ungir a los enfermos. No puede administrar el Orden ni ordinariamente la Confirmación, salvo delegación especial.
- Diácono (Diaconado): Es el grado destinado al servicio. Sus funciones incluyen la predicación, la distribución de la Eucaristía, la asistencia al sacerdote en el altar y la administración del Bautismo y el Matrimonio. También puede presidir las exequias y la unción de los enfermos en circunstancias permitidas.
El carácter indeleble y la humanidad del ministro
Una característica fundamental del Orden Sagrado es que imprime en el alma una marca o carácter que nunca se borra. Por esta razón, la ordenación no se puede repetir ni puede ser retirada. Si un clérigo es dispensado de sus obligaciones por la Santa Sede y deja de ejercer, sigue siendo ontológicamente un sacerdote, aunque ya no ejerza sus funciones. Como dice el dicho: "Sacerdote para siempre".
Es vital comprender que, aunque el ministro representa a Cristo, no está exento de la debilidad humana. El Catecismo de la Iglesia Católica (Art. 1550) aclara que la eficacia de los sacramentos está garantizada por el Espíritu Santo (independientemente de la santidad del ministro), pero las flaquezas, errores o pecados del sacerdote pueden dejar huellas que no reflejan el Evangelio y dañan a la Iglesia.
Gracia y responsabilidad
El sacramento del Orden no es un honor, sino una gracia santificante destinada al servicio. Los ministros sagrados deben esforzarse por ser signos fieles de Cristo, sabiendo que su vida entera ha sido consagrada para la salvación de las almas que les han sido encomendadas.
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