Sacramento del Matrimonio: Una Unión Santificada por Dios para la Eternidad
Actualizado el 1 de Enero del 2026
Jesucristo instituyó el sacramento del matrimonio con el propósito de santificar el hogar formado por el hombre y la mujer. A través de este vínculo sagrado, los esposos reciben un aumento de la gracia santificante y favores especiales que les asisten para cumplir con sus deberes como cónyuges y padres, fortaleciendo su amistad con Dios en el seno de la vida familiar.
El origen del matrimonio se remonta al Paraíso, cuando Dios mismo celebró la unión de Adán y Eva. Más tarde, Jesús reafirmó la importancia de esta unión al realizar Su primer milagro en las Bodas de Caná y al declarar en el Evangelio de San Mateo 19, 6: "Ya no son dos, sino un solo ser". Bajo esta luz, Jesucristo establece dos condiciones esenciales: la unidad (un solo hombre con una sola mujer) y la indisolubilidad (para toda la vida).
Disposiciones para recibir el Sacramento
La Iglesia solicita que quienes desean unir sus vidas ante el altar posean las siguientes cinco disposiciones fundamentales para asegurar la validez y santidad del vínculo:
- Estado de Gracia: Acercarse al sacramento sin pecado mortal en el alma.
- Libertad de estado: Ser solteros o viudos.
- Edad mínima: Ser mayores de 16 años.
- Preparación: Haber realizado debidamente el cursillo prematrimonial.
- Ausencia de impedimentos: No ser familiares de grado cercano.
En el caso de los matrimonios mixtos (unión entre un católico y un bautizado no católico), se requiere el permiso del obispo. El cónyuge católico asume el compromiso de educar a los hijos en la fe católica y de trabajar por la posible conversión de su pareja.
Desafíos y pecados contra el Matrimonio
Existen conductas que atentan directamente contra la felicidad y la santidad del hogar. La Iglesia identifica cinco pecados principales contra el sacramento:
- El divorcio: Intentar romper un vínculo que Dios ha declarado indisoluble.
- El adulterio: La falta de fidelidad a la promesa entregada.
- El aborto: El rechazo a la vida, fruto del amor matrimonial.
- La indiferencia: La frialdad y la falta de demostraciones de afecto necesarias.
- El maltrato: La agresividad, los celos, el dominio y la dureza en el trato mutuo.
Aunque en tiempos de Moisés se permitió el divorcio por la "dureza de corazón", Jesús restauró la ley original: "Lo que Dios ha unido, que no sea separado por el hombre".
La vida en común y la fe
Es vital recordar que para un católico, el matrimonio civil no es un sacramento; por lo tanto, no constituye un matrimonio válido ante Dios. Del mismo modo, quienes viven en unión libre cometen pecado de fornicación.
Como advierte Gálatas 5, 21, quienes permanecen en este estado de pecado mortal no poseerán el Reino de Dios, pues se privan de la gracia necesaria y de la posibilidad de recibir los demás sacramentos. La Iglesia invita siempre a estas parejas a regularizar su situación para vivir plenamente en la amistad del Señor.
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